LAPIDA TEMPLARIA PDF

En su bsqueda rivalizan una reservada logia masnica, los servicios se cretos vaticanos, una extraa secta juda y el servicio secreto israel, el Mossad. En estas pginas transitan mafiosos, tropas de elite, un extravagante narcotraficant e colombiano, un banquero suizo, un elegante cardenal de la curia romana, dos as esinos a sueldo, una atractiva archivera, antigua hippy y alcohlica, y un ex agen te de la KGB que alquila sus servicios al mundo capitalista. Todos estos element os arrebatan al lector en una accin trepidante hasta conducirlo al sorprendente e inesperado final. Al ineadas contra el muro del taller, sobre un blanco lecho de lascas y polvo, yacan doce flamantes lpidas de mrmol de Carrara. A primera vista, el dibujo grabado en cada una de ellas era idntico.

Author:Zujas Faelar
Country:Tanzania
Language:English (Spanish)
Genre:Education
Published (Last):14 April 2006
Pages:292
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En su bsqueda rivalizan una reservada logia masnica, los servicios se cretos vaticanos, una extraa secta juda y el servicio secreto israel, el Mossad. En estas pginas transitan mafiosos, tropas de elite, un extravagante narcotraficant e colombiano, un banquero suizo, un elegante cardenal de la curia romana, dos as esinos a sueldo, una atractiva archivera, antigua hippy y alcohlica, y un ex agen te de la KGB que alquila sus servicios al mundo capitalista.

Todos estos element os arrebatan al lector en una accin trepidante hasta conducirlo al sorprendente e inesperado final. Al ineadas contra el muro del taller, sobre un blanco lecho de lascas y polvo, yacan doce flamantes lpidas de mrmol de Carrara.

A primera vista, el dibujo grabado en cada una de ellas era idntico. Un abigarrado complejo de figuras geomtricas en el que destacaban un cuadrado cuyos ngulos se inscriban en sendas circunferencias y u na serie de crculos concntricos sobre una estrella de doce puntas. Haba tambin tres letras hebreas en cada lpida. Durante el mes que haba pasado encerrado en el amplio cobertizo, el marmolis ta haba discurrido muchas veces sobre el significado de aquellas lpidas y su desti no final.

Nunca haba llegado a una conclusin satisfactoria. Desde luego no se trat aba de lpidas funerarias, dado que no apareca en ellas el nombre del difunto ni si gno alguno de religin; tampoco parecan estar destinadas a solera de algn lujoso saln o capilla puesto que, por su diseo, no constituan conjunto alguno. Nuestro hombre tambin se haba preguntado por qu una de ellas se diferenciaba ligeramente de las de ms.

Incluso haba llegado a sospechar que las once completamente iguales slo servan p ara que la que era distinta pasara inadvertida. Slo un observador perito, despus d e profundo examen, o el artesano que las haba tallado podan percibir la sutil dife rencia en el elaborado laberinto de trazos. El marmolista, con el picaporte en la mano, volvi a pensar en el sentido de aquel extrao trabajo para el que lo haban contratado de modo harto misterioso y qu e le haban remunerado esplndidamente a cambio de que no hiciera preguntas, de que prometiera guardar absoluto secreto y de que se dejara encerrar en el taller has ta que terminara la obra.

De estos pensamientos vino a sacarlo el piafar impacie nte de un caballo que aguardaba. Tir de la aldaba, cerr suavemente la puerta y se volvi. Detrs de los visillos de encaje de los amplios ventanales de la galera alta, tres personajes observaron al marmolista cuando cruzaba el patio.

Uno de ellos, el cardenal Eugenio de Nardis, elev su blanca mano regordeta para bendecirlo al t iempo que musitaba la oracin de los difuntos que acompaa la liturgia de la Extrema uncin en el rito antiguo.

El marmolista llevaba en una mano su hatillo de ropa y en la otra la caja d e madera adornada con tachuelas donde guardaba martillos, cinceles, buhardas, pu nteros y rascadores. Tena motivos para estar contento. Por menos de un mes de tra bajo haba recibido la paga de medio ao. Senta contra su piel, atados en un pauelo ba jo el cinturn, los cuarenta duros de plata que le haba entregado el capelln aquella maana. En sus treinta y Cinco aos de oficio nunca haban remunerado su labor tan generosamente.

En el centro del patio empedrado, junto al espacioso abrevadero circular, l o aguardaba la calesa que haba de llevarlo a la estacin de Espeluy, donde tomara el rpido con destino a Crdoba. El cochero, un gan achaparrado y hercleo cuyo rostro cet rino jams delataba la menor emocin, lo recibi con una indita sonrisa que revelaba un os dientes amarillentos y lobunos.

El encuentro fue breve. Sin decir palabra asi al marmolista del cogote, lo hundi en el piln hasta la cintura y lo mantuvo con la cabeza sumergida, dando patadas al aire, hasta que se ahog.

El cardenal De Nardis, despus de presenciar el asesinato, compuso los visill os y se alej de su observatorio. Los otros dos testigos permanecieron en sus vent anas. El homicida levant el cadver, lo mantuvo un momento sobre el abrevadero y, gi rando sobre sus amplias abarcas de esparto, lo descarg sobre la plataforma poster ior del carruaje y lo cubri con una manta sudadera que tena preparada sobre el pes cante.

A continuacin, el Mudo abri de par en par el portn y, regresando al carruaje, que cedi lateralmente al recibir su peso, se acomod en el pescante, empu las riendas , gir la cabeza para echar un ltimo vistazo a su carga, arre al caballo y sali dejan do sobre los menudos guijos un reguero mojado. Los huspedes lo siguieron con la m irada hasta que hubo desaparecido de la vista, luego se apartaron de las ventana s y se prepararon para bajar a almorzar.

Era ya medioda. El Mudo no se cruz con nadie por la calzada empedrada que conduca a la carret era. Cuando lleg al arco monumental que adornaba la entrada de la finca se detuvo un momento bajo el azulejo de la Virgen del Fuste y observ a un lado y a otro lo s dos tramos de la carretera que, serpeando entre los olivares, conduce a Espelu y.

No se vea un alma. Mejor, pens el Mudo, y arre nuevamente al caballo para salvar , a paso tranquilo, los trescientos metros que lo separaban del carril de los va dos, donde torci a la derecha, por la pista de tierra que desciende hasta el Guad alquivir, y se detuvo en lugar discreto y alejado de vistas, entre los potentes eucaliptos que dan sombra a la orilla.

Cuando se hubo cerciorado de que no haba m oros en la costa, salt del carruaje y apart la manta que cubra la carga. Parsimonio samente, como si estuviera cumpliendo una tarea rutinaria desmerecedora de mayor atencin, despoj al difunto de sus zapatillas y le arremang los pantalones hasta ce rca de las rodillas. Luego desliz sus fuertes manos bajo las axilas, Se lo ech al hombro y se intern en el ro hasta que el agua le lleg por la cintura y la fuerza de la corriente pugnaba por arrastrarlo.

All lo dej caer y permaneci un momento conte mplando cmo se hunda. Luego dio la vuelta y sali del ro despaciosamente, cuidando pi sar, al llegar a la orilla, sobre las huellas que haba dejado al entrar.

Ya slo le quedaba disponer las alpargatas, la caja de las herramientas y el hatillo del d ifunto; los coloc cerca del agua, en un ribazo ameno donde la hierba creca ms fresc a y lozana. Hecho esto, subi al carro y arre al caballo de regreso a la finca. A primera vista, las desmesuradas dimensiones del saln y las enormes vidrier as emplomadas que le daban luz le conferan Cierto aspecto eclesistico, pero deshaca n el equvoco los artesones del techo decorados con escenas de caza, las araas de c ristal de Murano, los muros revestidos de maderas nobles, la ancha escalera de mr mol con fanales de bronce en la balaustrada, el costoso mobiliario, los bargueos taraceados con marfil y mbar, los tapices franceses, las brillantes calderas de c obre, los leos italianos, las tablas flamencas, las vitrinas abarrotadas de valio sos trofeos y piezas arqueolgicas, las panoplias y estandartes que decoraban prof usamente la estancia y finalmente las espesas aspidistras sobre pintados maceton es de Talavera que la adornaban.

El Mudo permaneci junto a la entrada en actitud humilde, la gorra entre las manos, la vista fija en la estera de esparto que tap izaba el suelo. Un minuto despus, el seor apareci sobre el descansillo de la escali nata.

Vesta una bata de seda granate y chinelas inglesas con sus iniciales bordad as en oro. Tena un libro en la mano. Todo bien, Onofre? S, amo respondi El Mudo con una voz hosca y grave. Lo de Mudo no era porque lo fuera, sino porque era hombre de pocas palabras. El amo alz una mano en un desmayado gesto que era a la vez agradecimiento y despedida y, volviendo la espalda, tom a subir los peldaos. El Mudo dio la vuelta y sali. El mayordomo de librea que haba permanecido jun to a la puerta con expresin profesionalmente ausente torn a cerrarla con el doble pestillo.

Como en el poema de Lorca, Remigio Cobo, maestro cantero y marmolista, nunc a regres a Crdoba. Al da siguiente, su cadver fue hallado por unos canasteros que co rtaban juncos por la orilla del ro, en los vados de Espeluy, a poca distancia de la estacin de ferrocarril donde el infortunado obrero debera haber tomado el tren. Se dio aviso a la Guardia Civil y por la tarde se person el juez a levantar el c uerpo.

Desde luego, la polica descart la posibilidad de que hubiera sido asesinado : el cadver no presentaba signo alguno de violencia. Adems, le hallaron encima los duros de plata que haba percibido por el trabajo efectuado en Rincn de la Coronada. Los peridicos dieron la noticia en sus pginas de sucesos. Ni siquiera se molestar on en alterar la redaccin de la nota emitida por el sargento de la Benemrita autor del atestado cuyo estilo, tpicamente castrense, era proclive al gerundio: pareci endo que yendo de vuelta hacia la estacin y siendo cerca de medioda, con todo el c alor, el desventurado obrero, habindose detenido para refrescarse en lugar ameno y arbolado del ro, estando andando por dentro del agua, para lavarse los pies, a consecuencias del fro de la misma, sufri un corte de digestin, con tan mala fortuna que cayendo al agua y siendo arrastrado por la corriente habindose ahogado.

El difunto dejaba en total desamparo viuda y ocho hijos, el mayor de doce ao s, Don Jos de Pea y Pazo, el piadoso prcer para el que haba trabajado antes del desg raciado accidente, envi un donativo a la apenada familia y se hizo cargo, con su acostumbrada generosidad, de los gastos del traslado del cadver y entierro.

Que D ios se lo pague. Al coronar la cuest a tom la curva con un bamboleo que hizo gemir las engrasadas ballestas y despus de rodear la calzada en torno a la plaza de la Constitucin fue a detenerse frente a la fachada de las casas consistoriales.

Se ape un nico viajero, un hombre gris con parco equipaje que no llam la atenc in. Sin embargo, en compensacin, dara mucho que hablar.

Era un cura de como cincuen ta aos, no mal parecido, cuyo nico bagaje consista en un ajado bolso de viaje de cu ero negro en el que, por uno y otro lado del cierre, asomaban los extremos de un grueso bastn de montaero con astada contera de hierro y empuadura de nudosa madera.

Al echar pie a tierra, el viajero se detuvo un instante en el hueco de la port ezuela, la cabeza inclinada bajo el cierre, mir a un lado y a otro de la plaza y descendi con cuidado. Una vez en tierra acept, con una sonrisa de agradecimiento, el bolso que le tenda el cosario y le pregunto por la posada ms cercana.

Hay tres posadas contest el interpelado : la de la Carrera, la de la Franquera y la del Rincn; todas cerca de aqu. Y la fonda de los Cojos, en la calle Real aadi uno de los curiosos. Y de las tres posadas que dice usted cul es la ms limpia? La ms limpia y la mejor, la de la Carrera. La posada de la Carrera era ms frecuentada por corredores de comercio y por almacenistas de aceite que por arrieros. El recin llegado ajust el precio del hosp edaje con la duea, doa Concepcin Rebolledo Lpez, viuda del veterinario militar don F rancisco de Ass Pinto Bermejo, del Regimiento Sagunto IV de Fusileros de la Reina , cado heroicamente en la guerra de Filipinas cuando fue coceado por una mula bla nca, caretona y espantadiza, que atenda por el buclico nombre de Romera.

La amplia sala baja del establecimiento, donde sus huspedes se reunan en cuat ro mesas dispuestas en torno a la chimenea, estaba presidida por un cuadro adorn ado con amplio lazo negro que contena una gran fotografa del ilustre militar vesti do de rayadillo, mirada severa, bigote engomado de amplias guas, y luciendo sobre el pecho un par de condecoraciones.

Medalla Militar Individual de Segunda Clase inform con orgullo doa Concepcin al notar que su husped miraba el retrato. Pero no sabe usted lo Solita y sin consuelo que me dej. La posadera emiti un profundo suspiro y elev poderoso su opulento pecho, sobr e el que descansaba una gran medalla de la Virgen del Carmen.

El cura insisti en pagar por adelantado dos das de hospedaje. Luego expres su deseo de no ser molestado puesto que deseaba descansar antes de la cena. Doa Conc epcin emiti otro profundo Suspiro y se retir haciendo una graciosa y ensayada rever encia antes de cerrar la puerta. La habitacin era amplia y ventilada. Las espesas cortinas de sargo filtraban la suave claridad del medioda otoal que incida sobre los cristales del balcn.

El hus ped esparci la mirada melanclica por la que iba a ser su ltima habitacin: una cama e strecha con armazn de hierro forjado y brillantes perinolas doradas, una mesita d e noche catedralicia en cuyo entreabierto compartimiento inferior brillaba la po rcelana de un capaz orinal, una mesa auxiliar, un armario estrecho y alto con un a gran luna sobre la puerta y dos sillas de asiento de enea arrimadas a la pared.

El piso era de ladrillo barnizado de rojo, muy encerado. En la cabecera de la cama haba una litografa coloreada del Sagrado Corazn de Jess. El cura se qued mirndolo , se arrodill delante de l y se santigu. Luego se despoj de la ropa, que colg cuidado samente de las perchas, se tendi sobre el lecho completamente desnudo y permaneci largo rato, pensativo, respirando profundamente, hasta que se qued dormido. Despert a media tarde, y consult el reloj con leontina de cuero que haba dejad o sobre la mesita de noche.

Las seis y media. Dirigindose al ngulo del cuarto dond e estaba el tocador, tom el jarro de porcelana, verti sobre la jofaina un generoso chorro de agua y se lav el rostro a gaafadas. Se sirvi de una toalla de hilo que d oa Concepcin haba provisto, de su propio ajuar, en atencin a la calidad del husped, c uando se hubo secado la cabeza y alisado el escaso cabello gris que la cubra se q ued contemplndose en el espejo.

La pulida superficie le devolva un hombre avejentad o que tena miedo a enfrentarse a su destino. Musit en voz baja, pero audible para l , unas palabras latinas: Stipendium peccati mors est La paga del pecado es la m uerte. A la hora de la cena tom asiento en una de las mesas del comedor. No tena ape tito pero se oblig a comer un plato de sopa y una tortilla de jamn.

Su ltimo da de v ida deba estar presidido por la ms absoluta normalidad.

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